Cuento taoista de septiembre

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Eran las fiestas del pueblo y este año habían decidido hacer un homenaje a la vecina más longeva, doña Juana. Ella subió al estrado, ése que en las fiestas vale para todo: para el concierto, para los bailes, para el discurso del alcalde…y Juana miraba para todos lados porque se le hacía muy grande estar ahí.

El alcalde empezó a hacer su presentación, destacó de ella que sólo había ido una vez al médico en toda su vida (—¡Y porque me insistieron! Yo me arreglo con mis hierbas —le interrumpió ella), sus hijos e hijas habían nacido de parto natural en casa y no se le conocía ningún otro antecedente médico. Se la veía siempre por los caminos andando a buen ritmo y con una fuerza para llevar cosas que muchos otros quisieran.

¿Cuál es su secreto? le preguntó el alcalde. —Mi abuela llegó a los 110 años y Yo también lo pretendo—le dijo ella. ¿Alguna pista? —volvió a insistirle él.

Le voy a decir lo que me dijo mi abuela y he cumplido desde entonces — respondió. “La salud es como un gran guiso en una olla de barro. Cuando cocinas, primero haces la base con cebolla, ajo y aceite por ejemplo, ésa es la necesidad de moverte todos los días, por lo menos caminando. Después le vas añadiendo los ingredientes principales: ésta es tu alimentación, lo que te va a dar la fuerza y la resistencia, es importante nutrirse y alimentarse bien. Luego lo vas a sazonar con sal, especias…ésa es la naturaleza en tu comida, el aire, los minerales, los olores….

Y por último el fuego: si te pasas de fuerte lo quemas, si no lo enciendes, no cocinas, ése es el ritmo de tu vida, tu cabeza. Los guisos necesitan una llama fuerte al principio y después fuego lento.

Casi tan importante como los ingredientes es que éstos estén en equilibrio porque si te pasas con la sal, arruinas el guiso. Si un día te pasaste, aunque no como para echarlo a perder, al día siguiente comes sin sal…pero sólo si un día te pasaste —dijo con sonrisa pícara—no vale todos los días!”.

Todas las personas presentes se quedaron pensativas mientras que ella siguió sonriendo y bajó del estrado.

 

Ilustración: Mónica Munuera

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